Polo logístico en Carmelo: desarrollo, poder y una discusión que todavía no empieza
Cada tanto, en el departamento de Colonia, reaparece una palabra que suena a futuro: logística. Aparece asociada al empleo, a la inversión, al ordenamiento del tránsito pesado, a la promesa de “no quedar afuera”. Pero detrás de ese término técnico se esconde una discusión más profunda, que rara vez se da de frente: qué modelo de desarrollo quiere el departamento y quién decide sobre su territorio.
La idea de un polo logístico —en Carmelo o en otro punto estratégico— no es neutra ni meramente técnica. Implica concentración de suelo, reconfiguración de flujos económicos y, sobre todo, reordenamiento del poder local. Y ahí es donde la discusión suele diluirse.
El silencio como forma de política
En Colonia, los grandes temas territoriales suelen avanzar más por inercia que por debate público. Puertos, rutas, zonas francas, parques industriales: casi siempre se presentan como hechos consumados, con bajo nivel de deliberación social y escasa producción de información clara para la ciudadanía.
Un polo logístico no sería la excepción. Su eventual instalación podría ser presentada como una “oportunidad”, sin que se discutan a fondo sus condiciones, sus contrapartidas y sus límites. ¿Quién define dónde se emplaza? ¿Qué rol juega el gobierno departamental frente a intereses privados o nacionales? ¿Qué margen real tienen las ciudades chicas para negociar?
La experiencia comparada muestra que, cuando estas preguntas no se hacen a tiempo, el territorio termina funcionando como soporte pasivo de decisiones tomadas en otro lado.
El rol del gobierno departamental
La responsabilidad política recae, en primera línea, en la Intendencia de Colonia, hoy conducida por Guillermo Rodríguez. No se trata solo de gestionar habilitaciones o infraestructura, sino de ejercer conducción territorial.
Un polo logístico mal diseñado puede:
atraer empleo precario y poco encadenamiento local,
presionar sobre el suelo rural y periurbano,
incrementar tránsito pesado sin resolver accesos,
y consolidar una economía extractiva de paso.
Uno bien planificado, en cambio, podría:
ordenar flujos que hoy atraviesan las ciudades,
generar empleo estable,
fortalecer la matriz productiva departamental,
y evitar que Colonia sea solo un corredor.
La diferencia entre uno y otro escenario no es técnica: es política.
Carmelo: escala humana en tensión
En el caso de Carmelo, el debate es todavía más delicado. La ciudad construyó su identidad lejos del ruido industrial pesado, con una relación particular con el río, el turismo y la producción local. Insertarla en una lógica logística sin una planificación estricta implicaría alterar esa escala, quizá de forma irreversible.
La pregunta no es si Carmelo puede tener un rol logístico, sino qué tipo de rol y bajo qué reglas. Europa muestra que es posible integrar logística y ciudad cuando el Estado fija límites claros. El interior argentino, en cambio, advierte sobre ciudades que quedaron subordinadas a nodos que no controlan.
El verdadero riesgo: no decidir
Paradójicamente, el mayor riesgo para Colonia no es decidir mal, sino no decidir. Dejar que la logística avance como discurso inevitable, sin marco político ni debate público, es una forma de renuncia. Porque cuando la planificación no existe, el territorio se organiza solo… y casi nunca a favor de la comunidad.
Un polo logístico no es solo un proyecto económico. Es una decisión sobre el uso del suelo, el tipo de empleo, el perfil de ciudad y el lugar que el departamento ocupa en el mapa nacional. Y esas decisiones, si no se discuten políticamente, terminan siendo administrativas, opacas y difíciles de revertir.
En Colonia, la pregunta ya está planteada. Falta algo más complejo: animarse a discutirla en serio.
